NUEVO MIEMBRO DE CHEFS(IN)
“Soy un friki de la cocina” dice sin rodeos. Edgar Rodríguez no necesita muchas más vueltas para definirse. Detrás de esa frase hay una manera muy concreta de estar en cocina, la obsesión constante por mejorar, por darle una vuelta más a todo. “No me conformo con lo primero que tengo. Intento evolucionar todo lo que voy haciendo” En esa evolución, hay un objetivo bastante claro: “que la gente disfrute”

Un recorrido marcado por el Mediterráneo
La historia de Edgar no se puede resumir en un origen único, sino en un recorrido. Nace en Girona, se cría en Alicante y termina en Mallorca. Tres territorios distintos, pero conectados por el mismo paisaje gastronómico: el Mediterráneo. “Soy una persona rodeada del Mediterráneo, y ahora mi función es explicarlo”. Ese contexto no es solo un dato biográfico, es también una forma de entender la cocina: producto cercano, temporalidad, sencillez aparente. A ese mapa hay que sumarle otra influencia clave que atraviesa su trayectoria: México. “He estado muchos años trabajando con un mexicano y siempre hay algo de eso en lo que hago”. Dos líneas gastronómicas que conviven sin necesidad de imponerse una sobre la otra.
Durante años ha ocupado ese lugar silencioso pero fundamental dentro de una cocina: el segundo, el que sostiene, ejecuta y hace que todo funcione. Ese rol, lejos de ser una limitación, fue un aprendizaje constante. Pero llega un momento en el que el cambio se vuelve inevitable “era algo que necesitaba, tenía que dar un cambio a mi vida” . No lo plantea como una ruptura, sino como evolución natural. Después de años trabajando junto a David Moreno en Can Simoneta, aprendiendo, creciendo y absorbiendo una manera de entender la cocina, tocaba dar un paso más. “Muy agradecido de todo lo que me ha aportado, pero necesitaba subir algún escalón”.
Lo interesante en su discurso es que no hay intención de borrar lo anterior. Aunque en Aromata, el nombre sigue teniendo un peso claro: Andreu Genestra. “Aromata sin Andreu no es Aromata. La esencia es él». Su papel no es reemplazarlo, sino sostenerlo y hacerlo crecer. Ahí está precisamente donde el equilibrio es más complejo, encontrar una voz propia dentro de un proyecto con personalidad definida. Edgar no lo ve como un inconveniente, sino como un marco, un espacio donde moverse, evolucionar y aportar sin perder el hilo.
La experiencia completa: producto, temporalidad y sentido común
Aunque su terreno es la cocina, Edgar tiene claro que lo que ocurre en un restaurante va más allá del plato. “La experiencia tiene que ser muy buena tanto por parte de cocina como por parte de sala”.
Por otro lado, la cocina que quiere transmitir, conecta con una idea simple: el placer. Comer bien, sin necesidad de justificarlo. “Tenemos paladar para comer muy rico sin tener que explicar tantas parafernalias”. Esa esla clave de todo lo que hace. Cocinar sin complejos, dar de comer sin excusas y seguir, siempre, buscando algo más.

En la cocina, su punto de partida siempre es el producto. “Pienso en la temporalidad, en qué puedo utilizar para sacarle el máximo rendimiento”, explica Edgar. “Tenemos que desarrollar algo muy rico con ese producto, aunque sea humilde o más económico”. El objetivo es claro, cocinar bien y enseñar el ingrediente.
De ahí también nace la forma de construir un menú. Recurre a una comparación donde aparece el cine, “el menú es el guión, es la historia”. A partir de ahí todo lo demás entra en juego: la iluminación, la cámara, los decorados… Pero donde pone el foco es en “crear el menú partiendo de que todo esté muy bueno, muy rico. Hago algo que yo me comería en casa”, añade. El relato realmente viene después, en el caso de que aparezca. Pero nunca al revés. “No hace falta decorar demasiado lo que haces si lo que haces está bien. Antes ibas a comer a un sitio y no te contaban nada. Y lo disfrutabas igual”.
Para Edgar, el comensal tiene que vivir la experiencia al completo, sin sobreexplotar, sin forzar un relato. “Vienes a comer bien. Te voy a sacar todo lo que tenga para que te vayas feliz”, concluye.


