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Albert Pinya: en constante (r)evolución

Albert Pinya: en constante (r)evolución

Como cada año, en Chefs(in) nos hermanamos con el mundo del arte, pues la gastronomía forma parte de él de forma privilegiada. En esta ocasión, el vínculo es con el mallorquín Albert Pinya. Sus pinceles darán vida a las 8 portadas de los libros de esta cuarta edición  A4MANOS que empieza el próximo día 13 de octubre, donde 16 chefs afincados en Menorca, Mallorca e Ibiza nos descubrirán técnica, secretos y recetas de temáticas como “canelones”, “especias y cerdo autóctono mallorquín”, “cocina tradicional mallorquina y menorquina”, “cocina asiática”, “cocina francesa”, “influencia árabe en la cocina mediterránea”, “slow food: cocina de proximidad”, “cocina al vapor”…etc.

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El artista

Albert Pinya (Palma, 1985) nació un domingo porque las  personas creativas, espontáneas, sinceras y los que alcanzan sus metas siempre nacen en domingo. Y lo hizo un 23 de junio, a caballo entre el divertimento y la mística de las hogueras y la playa. 1985 es el año en el que decidió abrir los ojos al mundo, sin saber que mientras lloraba por primera vez, triunfaban Falcon Crest, Fama, MASH, Pumuky, Mike Hammer y el Montuïri, que ascendió a tercera división esa misma noche. En Japón, mientras, Hello Kitty había pasado de ser un monedero a ser una muñegatita con un peso de tres manzanas y una altura de cinco; años después los lienzos son testimonio del proceso de desmitificación que sufre este símbolo de la cultura pop en la obra del artista, a la vez que, como una especie de autorretrato, convierte una serie de elementos en piezas casi indispensables de la iconografía ‘pinyesca’, tales como los ovnis, los aviones fálicos, los extraterrestres o los ya míticos cerdos negros autóctonos mallorquines.

Internet está plagado de datos biográficos donde leer su año de ingreso en la facultad de Bellas Artes de Valencia, su adolescencia guerrera -¿quién no?-, su premio Art Jove 2007 o el AECA al mejor artista vivo español, representado en ARCOmadrid…todo eso sigue siendo lo menos trascendental de la importancia de Pinya y su obra. Amberes, Madrid, Roma, Palma, Miami, Barcelona, Lugano, Cáceres, Berlín (…) la lista de individuales y colectivas no acaba nunca, pues su extensa  producción es directamente proporcional a las horas que invierte en expresar –cada noche– su ironía, la ingenuidad buscada, el brillo inocente, el mensaje irónico y ácido y su pasión por la gastronomía, que hacen de él una de las piezas clave para entender el arte contemporáneo.

Hay tantos Albert como mentes quieran pensarlo: el de antes de su adición a la gastronomía (2011) y el de después de los míticos murales de Ca na Toneta (Caimari, Mallorca). El de la voz dubitativa, grave, con la idea clara, que saluda besando y con la mirada brillante y el que se pone gafas de sol para una rueda de prensa. El que te compra un Trinaranjus ‘porque no sé qué te gusta beber’ y el que lleva un zapato de cada color. El que te manda mensajes de madrugada gritando por Chavela y el que expone en el Instituto Cervantes con la chef María Solivellas haciéndole el coro gastronómico. Está el Albert desconocido y el artista a quién todos quieren conocer. Pinya está de moda, le importa cero y sigue pintando: su teléfono tiene diez años, cree que la firma es menos importante que el contendido de su obra, no usa redes sociales y no tiene Whatsapp. No hay tiempo –ni ganas– para todo esto. Está concentrado en lo suyo. Crear. Amar. Contar. Transmitir.

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Expresa Pinya su delirio por el arte total, donde el todo no puede desgajarse en partes, porque poesía, instalación, pintura, performance, música, escultura, arquitectura, gastronomía (…) se combinan y alimentan entre sí. Y así es ese padre artístico del que es hijo a través de sus acuarelas, pinturas, lápices de colores, collages, dibujar con la mano izquierda y sus trazos con letra de niño preescolar que tanto encandilan. Pinya gusta y es repudiado a partes iguales. ‘No pots agradar tothom’, dice sonriendo con los ojos de aquél que sabe que quiere seguir abarcando un mundo en constante (r)evolución. J’adore Pinya!

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 «Tramuntana style»

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